Minificción: Herencia



Minificción Familia

De mi madre heredé hermosos ojos y de padre el firme andar. Me entristece saber que los perderé de nuevo hoy que  la vista me falla y  comienzo a cojear.
Foto: Ferdinando Scianna (Sicilia, Italia 1976)

Cosas de los que se van: Calle y gente



Amar algo lejano, Alfonsina Storni


"Ahora quiero amar algo lejano..."
Esta tarde. Alfonsina Storni

Ella se va. Se cambia de ciudad porque el pedazo de tierra en que vive es una ostra olorosa. Odia las tres calles por las que pasa a diario. Odia la uniformidad de las casas con las cortinas desteñidas por  el sol. Odia la comida que se le hace una bola en el gaznate, esa comida que sólo sirve para no caer muerta de inanición. 

Se calza  zapatos cómodos; un par de alpargatas que tiene guardadas desde hace años, que mantendrán sus pies frescos cuando llegue allá. Porque allá el sol sale todos los días. Allá las nubes se colocan en el lugar estratégico para que el calor no sea demasiado y se vienen abajo con furia  entre rayos y centellas, como dios manda. Allá que, cuando termina de descargarse el temporal,  la tierra huele a ese delicioso húmedo de las ollas de barro. Donde luego escampa y las hojas verdes se mecen en la brisa . Allá donde se puede hablar alto todo el día y reír a carcajadas. Allá, siempre allá.

Ya no le interesa caminar esas otras mil aceras repletas de las mismas ventanas de cierre hermético.  Saca un mapa para echar otra ojeada a la ruta de escape. Traza una línea continua  con un marcatextos y sus ojos vagabundean entre pasillos y cuadros. Después de tanto tiempo ni siquiera reconoce el nombre de las calles que la rodean. La ciudad, sus anillos periféricos, sus callejones vacios los domingos, las avenidas de alta velocidad; todo es una masa de lo mismo. Calle. Lo mismo con la gente.

La gente aquí es gente.  Brazos, piernas, abrigos negros y caras pálidas. Todos de paso.  Gente con un pie deteniendo la puerta para que no termine de cerrarse. Bolas de billar que tan pronto chocan salen despedidas hacia el sitio más alejado de la mesa.  Todos con un mismo objetivo: que cualquier día sea ese, en que por fin puedan irse. Allá donde quizás habrá quién los llame por sus nombres. Aquí ella es gente, inquilino, trabajador, comprador, pasajero.  

Abre la ventana y el aire helado le pica las retinas. Caen goterones sobre el mapa. Una parte del sendero fluorescente de salida se escurre sobre otros vecindarios e inunda una iglesia.  Se pasa los pulgares por los párpados y dobla el plano. Se pregunta si algún día extrañará algo de aquello. Se contesta que es necesario conocer un camino, un edificio y un apartamento para conocerlos todos. Quiere engañarse al menos por un tiempo. Sabe que allá no encontrará sino calle y gente también. Allá lentamente se convertirá en aquí y las ganas de irse aparecerán con más  fuerza. Correr, correr como todos. Escapar otra vez de la costumbre viscosa que la llama a ser una pieza más de mobiliario urbano. Pero puede ser que allá...

Debajo viven otros



eternidad relato, vecinos relato

Tercer piso: 


Contra mi costumbre escribo temprano. Los rayos de sol se empeñan en quitarme toda la paz del sueño. Digito torpe sobre el teclado. Se trata de una escena breve sobre la monotonía de la eternidad. La eternidad es el mismo segundo repetido. O el infierno.  Al texto parece no agradarle tampoco el turno matutino porque me obliga a tejerlo y destejerlo sin avance. Ahora las letras van y vuelven a través de  una edificación rellena de pasillos blancos y habitantes a los que no logro inventarles un rostro. Después de cada palabra me cuestiono el sentido de seguir construyendo realidades tan frágiles, después de todo nada permanece. O quizás la costumbre, quizás...

Segundo piso:


Una mujer agita los brazos y se balancea precariamente sobre los tobillos en una cama plástica. Inicia con saltitos inseguros hasta tomar suficiente impulso y comienza con la rutina diaria.  Pájaro contenido en su caja de cemento. Por las ventanas se desliza el rumor metálico cada vez que cae y se eleva. Su cielo se estremece bajo un tecleo de movimientos en vaivén que no alcanza a turbarle el equilibrio. Cuando alza los ojos  imagina que las nubes flotan sobre su cabeza, sólo eso. Yo no existo encima, ni adivina que escribo sobre ella. 

Primer piso: 


Hombre y mujer. Él es viejo y tiene la piel demasiado tostada para su edad. Se ajusta un pedazo de peluca al cráneo pelado. En unos minutos saldrá a la calle a hacer la compra. Pan recién horneado, café negro sin cafeína, leche deslactosada. El tiempo pasó pronto. Peina los costados y extiende las arrugas de la frente con la yema de los dedos. Sus manos aletean silenciosas reconstruyéndole la cara. La mujer lo observa desde la cama. El sonido del techo los envuelve en una leve vibración que se empeña de despertarla. Es  hora pero hoy tampoco hay nada que hacer. Siente esa tristeza de los días iguales y restriega las mejillas en la tibieza de la almohada.  El retumbar del cielo continúa; rudimentario despertador de varillas, concreto y rechinidos, si acaso la luz y el sonido de la vida pudieran apagarse con un botón. Otra noche se ha les ha ido ya de la vida. Otro día.

Planta baja: 


Un perro blanco levanta instintivamente la punta de la oreja. Escucha las teclas deteniéndose en un intervalo de pocos segundos y volviendo sobre sí. Es menester de los hombres ir y volver en una trayectoria pendular. Crear y destruir. Un espasmo le recorre el cuerpo, es un ave con extremidades que no alcanza a levantar el vuelo y se afana pesadamente. Resuenan los chirridos más allá del túnel relleno de escalones. Escalones que llevan un universo sonoro. Universo inaccesible, más allá de la grieta de espacio en que él vive. En la nariz se le encona un olor a laca recién vaporizada, cabello sintético, cama recién abierta, bolsas de compra con moronas de pan añejo. El cielo le entretiene por un momento, después de arrellana para volver a un sueño de formas verdes infinitas. Aún faltan varias horas para volver a su papel de perro de un hombre que vive para trabajar, alimentarlo y, muy de vez en cuando, llevarlo a pasear. 

Sótano:


El aire limpio de la mañana ulula por un agujero. Tres telarañas se mecen atendiendo a sus órdenes invisibles. La araña abre las fauces y excreta otro tramo, lo extiende con la punta de las patas. Ha girado ya seis veces en una espiral nueva. Sobre sus trampas se mece un ser que digita teclas, un cuerpo rosáceo que rebota en patrones regulares sobre los talones, un animal empeñado en retener el tiempo y otro que aún no encuentra la vereda para arrancarse del sueño, un perro de pelo sucio. Aguarda, pronto vendrá el destino a traerle el desayuno. Siempre cae algo más, la vida se gana con paciencia y espera.

Cimientos: 


Un millón de gusanos cavan diminutos túneles. No saben de luz ni de tiempo; día y noche pasan a través de sus cuerpos transparentes sin notarlo.  Desconocen el  viento que mueve las cosas inertes para traer la providencia. Tampoco comprenden de lenguajes escritos, energía eléctrica o cielo raso. Sus túneles jamás tendrán escaleras o trampolines individuales, para ellos la vida es lineal y absoluta. Acaso sólo perciben la vibración de esos seres que habitan en un universo probable pero incomprensible. Hoy es un segundo repetido millones de veces, la eternidad es una sola tarea que realizan en inconsciencia. Y a pesar de que nunca han hecho un cambio en sus costumbres, su cuerpo colectivo sabe que hoy es el  día en que echarán abajo todo el edificio.

Inventando nuevas formas de quemar libros



quema de libros chile
Quema de libros en Chile 1973



                                                       "No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe..." Ray Bradbury

Cuando Augusto Pinochet dio el Golpe Militar en Chile procedió como la mayoría de los regímenes dictatoriales; ordenó hacer una quema general de libros. Atendiendo a la orden de «Hay que quemar todo lo que huela a marxismo» entraron los soldados a la Universidad para acabar con lo  que consideraban libros prohibidos. Cualquier texto que comprometiera la autoridad de su nuevo caudillo era una complicación que debía ser exterminada con fosforo y gasolina en medio de  plazas y zócalos. Cuando la persecución se trasladó del espacio público a la intimidad de las casas y los anaqueles, los disidentes señalados fueron arrastrados a las calles dejando  una estela de cenizas. Libros chamuscados que provocaban miedo al nuevo gobierno. 

Otros sistemas totalitarios han venido haciendo más o menos lo mismo durante la existencia del ser humano. Los egipcios, por ejemplo, destruían las estelas del faraón anterior y arrancaban la cara a las estatuas; una costumbre que luego se transmitió hacia la cultura occidental romana. En el siglo XVII Descartes, en uno de sus arrebatos de razón les pidió a sus lectores que quemaran los libros antiguos. O el filósofo Hume harto de la metafísica decidió entregarla a las llamas para deshacerse de ella. O Nabokov, o Heidegger, o los nazis destruyendo imprentas en Polonia, o el estado chino en 1966 instruyendo sobre la forma correcta de alimentar hogueras con autores que tampoco se ajustaban a sus alegres ideas comunistas. 

¿Qué hay en los libros que los hace tan peligrosos?

quema de libros argentina

Argentina 1980 Quema de libros del Centro Editor de América Latina.
La foto: http://www.elortiba.org/quelib.html


Eso es fácil: ideas. Ideas. Ideas. 

Destruir libros es sólo uno de los pasos para la derrota cultural de un pueblo. La hoguera es un símbolo que grita que vienen primero las ideas y luego los hombres que las generan y las secundan. Pero esas espectaculares quemas públicas han dejado de ser efectivas con la proliferación de medios informáticos y estimo que la costumbre está por extinguirse pronto.

Con la información volando por encima de nuestras cabezas tan rápido como la luz que usan nuestros ordenadores, atrapar las casi mil páginas de la Guerra y la Paz y echarlas a una pira sería poco práctico.  Las ideas andan por todas partes y se filtran antes de que las alcancen. Sin embargo, no podemos echar a volar las campanas, para nada.  Los métodos, así como las vías, se refinan y son más sutiles. 

Luego de la controversia que ha generado el premio nobel de literatura a un músico (sobre lo cual me reservo mis comentarios), todo el mundo se ha puesto a decir que las ideas vienen en diferentes formatos que sustituyen la existencia de los libros.  Ya Twitter, ya Facebook, ya Instagram. El mundo encuentra nuevas formas para expresar sus pensamientos, más compactas, más ligeras y prácticas. 

El envase es lo que menos importa, si dejaran de imprimir volúmenes inmensos de los clásicos  aún existiría su contenido. Cierto. Lo importante no es el objeto ardiendo en medio de la calle,  sino la posibilidad de vernos privados del acto humano de leer. Uno de los procesos evolutivos más increíbles en la historia de los seres vivos: leer.  Comprender, confrontar nuestra realidad con la de otros, aprender y desaprender de las experiencias y las ideas de los demás.

quema de libros china
China 1966 (No se encontró la fuente)

Pero así como se democratiza el acceso a los libros, también llega el efecto contrario, que arremete con una fuerza más grande que la de los soldados entrando a nuestros espacios para extirpar las páginas prohibidas: la indiferencia. Nosotros mismos nos estamos haciendo cargo del trabajo y no miramos el humo que nos envuelve mientras lo hacemos. 

Nuestros muros sociales se rellenan con frases conmovedoras todas atribuidas a Gandhi o a Einstein que leemos, “likeamos” y compartimos de inmediato; bajamos los resúmenes de la Iliada y la Odisea, buscamos la película o el video blog que prometa una explicación rápida de Los Miserables, Wikipedia se convirtió en nuestro único medio de referencia y a las bibliotecas ya no vamos ni a besuquearnos con los novios de turno. Y nada de eso retenemos por más de dos segundos en la cabeza. 

farenheit 451
Fotografía de la película Farenheit 451. Prestada de http://blog.maestrotvsnte.mx


Olvidamos que leer no sólo es adquirir información sino profundizar en ella, hacernos preguntas y meternos en el cerebro de alguien más para intentar comprender sus respuestas mientras elaboramos las nuestras.  En Fahrenheit 451 , Ray Bradbury le explica a Guy Montag, el personaje principal de la novela, que no es precisamente la  censura quien destruye el interior de un libro: 

 No era una imposición del Gobierno. No hubo ningún dictado, ni declaración, ni censura, no. La tecnología, la explotación de las masas y la presión de las minorías produjo el fenómeno, a Dios gracias. En la actualidad, gracias a todo ello, uno puede ser feliz continuamente, se les permite leer historietas o periódicos profesionales.”

No es de extrañar que estemos cumpliendo a cabalidad con las estimaciones futuristas que se hicieron de nosotros. Nos hemos vuelto indiferentes a todo lo que nos requiera un esfuerzo, dejamos de analizar y, sobre todo, de mantener y explorar nuevos pensamientos. Sonreímos y echamos otro par de páginas al olvido. 

La verdadera muerte de los libros no es quemarlos, sino dejar de leerlos.

Me gustaría mucho saber su opinión al respecto. Espero sus comentarios y manos a las letras.