Crónicas provincianas


Hay chistes que al ser escuchados desatan una carcajada bajita, inaudible casi, pero después se transforman en remordimiento, incomodidad, fastidio. Terminamos por reírnos porque es lo más cuerdo que se nos ocurre. Esa es la clase de bromas que juega Jorge Ibargüengoitia en "Estas ruinas que ves".

Y es que esta realidad diaria contra la que nos estampamos, está plagada de detalles maleficos que no pueden más que explorarse con humor. Ibargüen  le pone una pluma en la mano a Paco Aldebarán para que narre su regreso a la su ciudad natal después de años de ausencia en la capital mexicana. Poco a poco, entre montes, plazas, callejones y cantinas va emergiendo Cuévano o como lo definen sus pobladores, "el Atenas de por aquí". Este libro es un compendio de realidad mexicana observada  como lo hacemos en México, con toda naturalidad, sin solemnidad ni ceremonia.

Aldebarán es contratado por la Universidad de Cuévano para dar clases de literatura. Entonces emprendemos un viaje a las tripas de la ciudad en el centro del universo, cuna de celebres hombres y espacio para gestas históricas de gran valía. Ahí entre hombres orgullosos de su origen  y  mujeres  puras ocurren una colección de anécdotas que son una fiesta de ironía para el lector.


"Estas ruinas que ves" fue editada por Seix Barral la cálida primavera de 2005 en España. Jorge Ibargüengoitia la escribió en 1974 y fue ganadora del Premio Internacional de Novela México un año después. Prologada en esta primera edición por José Manuel Fajardo para la Biblioteca Ibargüengoitia.

La visión de la sociedad provinciana en "Estas ruinas que ves" se me ocurre como esos pasteles de quince años, se conciben para exhibirse en el centro del salón, embadurnados de costumbres empalagosas, vistosísimas, inútiles y secos por dentro. 

Las aventuras en la ciudad de Cuevano son vividas desde el interior de sus habitantes, a través del tamiz del prejuicio, la doble moral, la apariencia. El autor tiene el tino para contarla como los buenos chistes, en los que claro, el personaje siempre es uno.

Lo que me hace recordar la inscripción sobre un arco en la entrada de mi ciudad "XXX es la provincia y la provincia es la patria". Un libro de lectura obligada. 
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