Los pájaros y Alejandra Pizarnik



“Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas”



El despertar. Alejandra Pizarnik




Cada persona tiene sus fetiches, imagino. Uno a veces se entrega a ellos en secreto o abiertamente con la esperanza –bien falsa-, de que podrá quitárselos de encima como las moscas cuando se paran sobre la comida. Para mí uno de ellos son los pájaros. Van y vienen, me revolotean, se confabulan detrás de las ventanas altas cuando va cayendo la tarde. Pájaros en fuga, pájaros de mal agüero, pájaros al vuelo.  


Fueron ellos los que me trajeron a la Pizarnik en su piquito. Encontrarme con ella ha sido una continua resistencia porque no soy de esas personas de poesía. Siempre llego a ella de rebote. Y es que no comprendo del todo las imágenes que se sueltan del cable de teléfono para sobrevolarme mientras voy leyendo versos. Por eso me opongo cuanto puedo, pero en ocasiones, hay un estribillo que se me queda a vivir en el cerebro y no puedo más que ceder a su invasión.  

Alejandra Pizarnik
 Foto prestada del Centro Virtual Cervantes
Alejandra Pizarnik es una de esas bellas parvadas de pajaritos negros que se van en el otoño, para retornar con  hijitos voladores en el verano, cuando parece que lo más importante es el sol, los picnics fuera y los helados derretidos.  Su familia llegó así, en una bandada migrante, para instalarse en los años treinta de aquella Argentina. Huían del invierno en un Paris que adivinaba ya la Segunda Guerra Mundial, con maletas  donde guardaban parte de la identidad ruso-judía, que imagino de lo más peligroso en aquellas épocas.


Quizás ese mismo equipaje es el que Alejandra se cargó en el lomo cuando nació en 1936. Sus papás le buscaron el nombre de Flora, pero ¿por qué no?, se lo cambió así nomás cuando le dio la gana. Algunos hablan de una infancia difícil de asma y tartamudez, luego destruida y la vuelta a construir en cada poema, en cada carta escrita a sus amigos y en interminables páginas de diario.


Pronto vino  a posarse en sus ramitas la sombra de un pájaro negro que extendía las alas para hacerle sombra aún en los días soleados de 1955 en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires: era la muerte que le sobrevolaba todos los días, transformando los pequeños destellos de alegría en cenizas y troncos huecos.

“Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas...”

A la espera de la obscuridad. Alejandra Pizarnik
Alejandra Pizarnik Pájaro
Foto prestada por la condesapizarnik.blogspot.

Esa muerte que se le enconó en los huesos, se convirtió en su compañera de juegos que tantas letras, puntos, comas y guiones ocuparon. Una muerte con carácter  inevitable sentada en la misma mesa.  Dice de ella en sus diarios 


“Leí mi libro. La muerte es allí demasiado real, si así puedo decir; no el problema de la muerte sino la muerte como presencia. Cada poema ha sido escrito desde una total abolición (o mejor: desaparición) del mundo con sus ríos, con sus calles, con sus gentes. Esto no significa que los poemas sean buenos.”
Diarios 1960-1968, Alejandra Pizarnik

Y como esos pájaros que no pueden olvidar el camino de vuelta porque ya lo traen metido en la sangre, se trazó una ruta inversa a la sus padres. Llega al Paris de 1960, donde encuentra nuevas formas para recrear su mundo, que alternaba entre el surrealismo y el psicoanálisis, justo en el tiempo en que allá se reunían los escritores del Boom Latinoamericano. 
 
Alejandra Pizarnik / Julio Cortázar
Foto prestada de Google
Cruza caminos con Julio Cortazar, Octavio Paz, Italo Calvino, André Pieyre de Mandiargues o Roger Caillois. Muchos libros, tazas de café y buenos amigos después, se ve obligada a regresar a Argentina en 1967 para el funeral de su padre.

“Son mis voces cantando
para que no canten ellos,
los amordazados grismente en el alba,
los vestidos de pájaro desolado en la lluvia.”

Anillos de ceniza. Alejandra Pizarnik

Nuevamente emprende la huída a Nueva York (porque como sabemos los pájaros no logran estarse quietos por más que sientan las alas cortadas), y de ahí al Paris que en su memoria es un nido mullido en el que puede seguir escribiendo para arrancarse la obsesión de la muerte y de esa infancia eterna, o para sumirse completamente en ella.


Pero los vientos fríos que corren por esas calles europeas ya no puede usarlos para levantar el vuelo, así que el viaje la lleva de vuelta  a Buenos Aires, buscando quizás una corriente providencial que haga un milagro en sus depresiones constantes y su adicción a las anfetaminas.

¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?”

El despertar. Alejandra Pizarnik

Alejandra Pizarnik
Foto prestada de Google

No deja de escribir ni cuando las recaídas la llevan a internarse en jaulas de psiquiátrico, en las que apenas le queda espacio para desesperarse y batir las alas para tirar el alpiste. Es un pajarito triste que se para sobre un palo a arrancarse las plumas de la cola, mandando cartas de auxilio a Antonio Beneyto, a Julio Cortazar o a quien pueda escucharla. El 25 de septiembre de 1972, con 36 años y 50 pastillas de  barbitúricos encima,  se echa a volar para no volver.



“Mata su luz un fuego abandonado.
Sube su canto un pájaro enamorado.
Tantas criaturas ávidas en mi silencio
y esta pequeña lluvia que me acompaña.”

Despedida. Alejandra Pizarnik



Así son los fetiches, terminan convirtiéndose en obsesiones que se cuelan en todos los rincones de la vida, a pesar de que uno haga intentos por  sacárselos de encima. Por mi parte sé que la Pizarnik seguirá observándome desde alguna cornisa, dispuesta a caer en picada en el momento menos esperado ¿A ti también te vigila?


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