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16 ago. 2018

El cinismo no obra milagros

agosto 16, 2018 0

historia de amor


Nos miramos a los ojos después de respondernos si nos amábamos mutuamente.
̶    ̶ al unísono.
Las pupilas no tintinearon tras la respuesta, no se agrandó el blanco que rodea el iris, ni levantamos un milímetro la ceja.
Sonreímos. Luego nos despedimos argumentando alguna excusa ya muy desgastada y cuidamos puntillosamente de no cruzarnos jamás en el camino.

14 ago. 2018

Un artículo sobre el Eterno Retorno que ya fue escrito y leído por usted, pero que no puede perderse (de nuevo)

agosto 14, 2018 0

ciencia ficción, eterno retorno



Recientemente se publicó un extensísimo artículo en la revista National Undercover Releases (NUR) que prueba sin duda  una de las teorías más controvertidas de la historia: el E.R. 

Los científicos concuerdan en que, a la expansión continua del universo, seguirá una contracción súbita que lo llevará a convertirse de nuevo en una supernova. Incluso han adelantado un par de fechas probables para el evento que denominaron “Subitum colapsus materiae”. Las apuestas se decantan por la fecha más próxima: el siguiente domingo por la tarde, más o menos a las 18:00 horas.

No molesta al público tal proximidad, puesto que en la opinión general, sería bastante benévolo. Justo cuando la mayoría de los empleados regulares se aprestan de manera reticente a comenzar otro tedioso ciclo de trabajo. Algunos incluso han manifestado una alegría inusual por el Lunes que nunca existirá, por primera vez en sus vidas. 

Diferentes científicos a lo largo del aún existente orbe, señalan los efectos que el (SCM. Recuerde usted “Subitum colapsus materiae”) ejercerá sobre la historia lineal actual. Entre ellos se destaca la “puesta atrás” de todo cuanto hubiese ocurrido en dicho universo. Una de las preguntas frecuentes es, si podrá vivirse una existencia similar a la planteada por autores como F. Scott Fitzgerald, donde el envejecimiento por fin se revertirá hasta regresar a las células primigenias. Las respuestas son variables en detalles pero consistentes en una sola cuestión: la puesta atrás es un fenómeno de compresión, así que el tiempo se acelerará hacia el pasado, cada vez más hasta que sea imperceptible para la conciencia.

Un ejemplo aclara dicho punto. Digamos que un oficinista promedio, llamémosle M. Godínez por puro efecto explicativo, comienza el día con un desayuno de café y tostadas con mermelada de fresa. Es dicho Domingo, el Domingo que los más populistas apuntan como “el verdadero día D”. El olor del café lo despertará completamente, así que no será necesario bañarse, “la cáscara guarda al palo”. M. Godínez saldrá de su casa con dirección a la única tienda abierta de su colonia los días Domingos y pagará por una cajetilla de cigarros. Después regresará con la firme intención de terminar todas las reparaciones pendientes, pero prenderá la televisión y permanecerá viéndola hasta las 16:00 o 17:00 horas. Entonces, con los ojos enrojecidos, recordará la agenda de juntas y proyectos inconclusos para el día siguiente: Lunes. Con una ansiedad in crescendo, comerá algunas sobras de la opípara cena del sábado y volverá a la televisión para encontrar un amable distractor. 

Alrededor de las 18:00 horas, M. Godínez  notará un breve estremecimiento y, si no está al tanto de la situación, se asombrará al notar que el programa se ha vuelto aún más aburrido. Cuentan las mismas bromas, anuncian los mismos productos, ganan o pierden idénticas sumas de dinero en ciertos concursos. Tendrá hambre y se levantará a buscar las sobras del día anterior, recordará que al día siguiente es Lunes y la agenda está repleta. Para el individuo común, el promedio de tiempo para notar que algo se ha alterado en la línea temporal varía desde media hora hasta 10 años. La razón es simple: depende de la monotonía de su vida.

Probablemente a M. Godínez le llevará 5 o 6 años darse cuenta que los días pasan más deprisa, producto innegable de la contracción del tiempo. Sin embargo no, y repiten los expertos con vehemencia, no rejuvenecerá ni un ápice. Todos los átomos de su cuerpo seguirán multiplicándose y saltando de célula en célula, pero la degradación, además de acelerarse, también experimentará un aplastamiento. No es extraño que M. Godínez se sienta más cansado, con menos ánimo y motivación en la vida, incluso con dolores físicos cada día más patentes. 

Por fin se dará cuenta de que el curso de su vida está repitiéndose de la misma manera que antes. Durante esta fase experimentará un síntoma llamado “Búsqueda del tiempo perdido”. Tomará algunas decisiones no radicales, como dejarse crecer el pelo o comprarse un auto nuevo con los ahorros de toda su vida, y quizá, consiga algún amor con alguna persona visiblemente más joven. Para no detenernos en detalles triviales, el transcurso del tiempo seguirá en reversa precipitándose en un abismo obscuro y denso, mientras M. Godínez lucha por salir de etapas mentales cada día más infantiles. 

Con suerte, cerca del momento de la “desaparición” (por llamar de una manera al momento que antecede a la formación de su vida y que otros podrían denominar como muerte), M. Godínez se dará cuenta que, en efecto, el tiempo corre hacia atrás y el pasado, con todas sus malas decisiones y desavenencias, se encontraba frente a sus ojos planteándole los mismos problemas a los que él, ¡oh!  ignorante de cuanto ocurre en el cosmos, daba las mismas respuestas. 

Algunos científicos concluyen que M. Godínez a pesar de sus esfuerzos por mejorar su realidad, no podría alterar nada, puesto que ya no existe futuro posible (recordemos que el último futuro fue ese domingo a las 18:00 horas donde el universo dejó de expandirse y comenzó a contraerse de nuevo). M. Godínez moriría como nació, sin pena ni gloria, como un oficinista promedio que malgasta el tiempo en mirar la televisión los días de asueto.

Una explicación más detallada del caso genérico M. Godínez puede ser encontrada en los anexos publicados en la revista National Undercover Releases, con notas explicativas y diagramas que no pueden ser reproducidos en otros medios (como este, los derechos de autor seguirán siendo un fastidio en el tiempo pasado). 

Como un apunte adicional quiero mencionar dos aspectos interesantes: 

El primero se refiere a la suerte final del universo contraído en una supernova. Todos los expertos convergen en la teoría del Y.O.Y.O., que  a grosso modo explica que, debido a la contracción, la supernova experimentaría una densidad tal que terminaría explotando  otra vez y formaría un universo idéntico al que conocemos. Todo hasta llegar de nuevo al “verdadero-ahora-sí-día-D”, una y otra y otra vez.  

El segundo aspecto a resaltar es el siguiente: si el universo, como se ha demostrado por todos los científicos que editan la revista National Undercover Releases, tiende a distenderse y contraerse ¿Qué evita que usted ya leyera esta texto infinita cantidad de veces antes? y si se me permite una última pregunta ¿Cree que al menos esta vez podrá darse cuenta de ello antes de que llegue el momento de su, repetida ya mil veces, “desaparición”? 

Como sea, espero que cuando lea de nuevo éste artículo, se tome la molestia de anotar la fecha en el calendario, para evitarle complicaciones de tráfico y multas innecesarias.

6 jun. 2017

Big Family

junio 06, 2017 0
Minificción


En esta casa somos todos ciegos y deformes, pero no haga caso de nimiedades. Cumplimos con nuestra función. Unos paren hijos, otros los alimentan, transportan o tejen sus abrigos. Sincronización perfecta. Preservación de la especie. 

Yo sé que otros nos miran. Esos que no dudan en comerse nuestras cosechas y beberse nuestro vino. Esos a los que nada parece suficiente. Los que de tanto en tanto  palidecen, se destiñen y horrorizan de mirarnos. No dura mucho, pronto voltean al cielo y siguen en lo suyo.

No podemos quejarnos, somos una familia creciente con mucho potencial, el tercer mundo en vías de desarrollo, los jodidos.







Imagen: Robert Hooke Micrographia restaurata

2 jun. 2017

Vacunas nuevas para viejas enfermedades

junio 02, 2017 0


 Vacunas contra el miedo

Ahí estoy yo sentada en un catrecito plano cubierto de papel toalla, esperando la consulta con la doctora general. Huelga decir que se me enfriaban los pies sin pantalones ni calcetines. Luego de un cuarto de hora entra la enfermera con una bandejita plateada: jeringa, alcohol y ampolletita misteriosa. Ya estaba advertida desde la cita pasada; o llevaba mi registro completo de vacunas de la infancia o…

Es una de esas doctoras viejas que no aceptan razones, mucho menos de civiles que no tomaron siquiera una clase de primeros auxilios. Terminé quitándome también la blusa y media hora después entró sin saludar.  Procedió entonces con sumo cuidado a examinarme cada mancha, peca y lunar que delatara alguna señal de mala salud. Mis ojos concentrados en el material que me esperaba después de tan minucioso procedimiento.

Durante el infinito “respire más profundo, más lento, no respire” no hizo mención alguna a líquidos inmunizantes ni pinchazos.  Parecía disfrutar la angustia que se me derramaba por los sobacos copiosamente.  Al final con la voz más baja y lenta que de costumbre me preguntó: “¿dónde está tu cartilla de vacunación?”. Ella sabía perfectamente que era una de las cosas que se fueron sin dejar rastro en mi vida. Soy una de esas personas adultas que han olvidado hasta su niñez ¿cómo recordar el paradero de un inservible cartoncito perforado?  

Me temblaron los labios y un espasmo me pinchó debajo de la costilla izquierda. Casi desnuda era improbable que me diera a la fuga. Ella con sus ojitos brillosos me aseguraba que tenía todas las cartas de mazo y que yo no sabía cómo jugar el juego. 

No entiendo por qué el pasado no se cansa de meterse donde no lo llaman y arruinarme el presente. A mí me dieron todas las enfermedades relacionadas con erupciones en la piel e hinchamientos. Las sufrí en todo su esplendor, con poquísima experiencia y tremendo enfado. También gracias a ellas descubrí que uno de los castigos más terribles para el ser humano es el aislamiento y la monotonía. Encerrada a piedra y lodo para no contagiar a mis hermanos, tuve muchos días para mirar las blanquísimas paredes áridas y sentir su presencia asfixiante. Quién lo diría, justo ese mundo en el que vivo ahora. Cada día tomo mi dosis de estremecimiento dentro de  los muros vacios, me enfrento al exilio y a la repetición.  Llevo sobreviviendo así ya bastantes años, pero me encargo de pegar afiches y cuadros de todos tamaños para maquillar ese profundo miedo que ya forma parte de mi normalidad.

Despegué los labios tan lentamente que sentí el dolor de la saliva rompiéndose, no me quedaba más que explicarle a la doctora que después de mis múltiples mudanzas (las del pueblo, las de ciudad, las de país y las de continente) era prácticamente imposible localizar el registro de que no soy una incubadora de virus caminante.  Cuando comenzaba a detallar la triste historia de una niña sin raíces en el mundo, acostumbrada a la fatalidad cotidiana, un pinchazo agudo me atravesó el brazo izquierdo. El líquido se deslizaba dentro de los músculos, abriendo un espacio por el que quedaba inoculada con algunos bichos azonzados. Con su tono plano dictó la sentencia: esa sería la primera de una serie de refuerzos y, al parecer, una vida adulta consagrada a la lucha contra el contagio. 

No me ofreció una paleta, no me felicitó por mi heroico comportamiento. Anotó la siguiente cita en mi nueva y flamante cartilla de vacunación y así como vino salió, sin decir adiós.  

Mientras volvía a ponerme los pantalones un hilito de luz se coló por la persiana y nadando en un olor a antiséptico y a sudor nervioso, comencé a darme cuenta que, quizás la vida  trata de decirme que  por fin puedo inmunizarme contra esos miedos que nunca se fueron. Siempre me sorprende la forma que adopta para mandarme sus mensajes. Sin embargo espero que para la siguiente, el hada madrina no traiga una jeringa en la mano. 

Vacunas para adultos

12 may. 2017

Cosas de los que se van: Calle y gente

mayo 12, 2017 0


Amar algo lejano, Alfonsina Storni


"Ahora quiero amar algo lejano..."
Esta tarde. Alfonsina Storni

Ella se va. Se cambia de ciudad porque el pedazo de tierra en que vive es una ostra olorosa. Odia las tres calles por las que pasa a diario. Odia la uniformidad de las casas con las cortinas desteñidas por  el sol. Odia la comida que se le hace una bola en el gaznate, esa comida que sólo sirve para no caer muerta de inanición. 

Se calza  zapatos cómodos; un par de alpargatas que tiene guardadas desde hace años, que mantendrán sus pies frescos cuando llegue allá. Porque allá el sol sale todos los días. Allá las nubes se colocan en el lugar estratégico para que el calor no sea demasiado y se vienen abajo con furia  entre rayos y centellas, como dios manda. Allá que, cuando termina de descargarse el temporal,  la tierra huele a ese delicioso húmedo de las ollas de barro. Donde luego escampa y las hojas verdes se mecen en la brisa . Allá donde se puede hablar alto todo el día y reír a carcajadas. Allá, siempre allá.

Ya no le interesa caminar esas otras mil aceras repletas de las mismas ventanas de cierre hermético.  Saca un mapa para echar otra ojeada a la ruta de escape. Traza una línea continua  con un marcatextos y sus ojos vagabundean entre pasillos y cuadros. Después de tanto tiempo ni siquiera reconoce el nombre de las calles que la rodean. La ciudad, sus anillos periféricos, sus callejones vacios los domingos, las avenidas de alta velocidad; todo es una masa de lo mismo. Calle. Lo mismo con la gente.

La gente aquí es gente.  Brazos, piernas, abrigos negros y caras pálidas. Todos de paso.  Gente con un pie deteniendo la puerta para que no termine de cerrarse. Bolas de billar que tan pronto chocan salen despedidas hacia el sitio más alejado de la mesa.  Todos con un mismo objetivo: que cualquier día sea ese, en que por fin puedan irse. Allá donde quizás habrá quién los llame por sus nombres. Aquí ella es gente, inquilino, trabajador, comprador, pasajero.  

Abre la ventana y el aire helado le pica las retinas. Caen goterones sobre el mapa. Una parte del sendero fluorescente de salida se escurre sobre otros vecindarios e inunda una iglesia.  Se pasa los pulgares por los párpados y dobla el plano. Se pregunta si algún día extrañará algo de aquello. Se contesta que es necesario conocer un camino, un edificio y un apartamento para conocerlos todos. Quiere engañarse al menos por un tiempo. Sabe que allá no encontrará sino calle y gente también. Allá lentamente se convertirá en aquí y las ganas de irse aparecerán con más  fuerza. Correr, correr como todos. Escapar otra vez de la costumbre viscosa que la llama a ser una pieza más de mobiliario urbano. Pero puede ser que allá...